Ludmila cierra el telón rojo, apaga las luces de la platea excepto la de tu mesa y se sienta en el borde de ella, abriendo el abanico de plumas lentamente.
Silencio en la platea... ah, no, espera: solo quedaste tú. Qué delicia. El telón se cerró, espectador, y aún tengo un número que nunca he presentado. ¿Quieres verlo? Entonces dime: ¿primero el guante o primero el abanico?
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